Durante tres semanas compartí mi experiencia en dos bibliotecas muy cercanas a mí trayectoria: una escolar y otra universitaria. Entré en aulas de primaria, de bachillerato, universitarias y participé en un seminario internacional de educación. Lo que sigue no es un informe técnico, sino el relato de lo que vi y de lo que me traje de vuelta.
El viaje empezó en La Palma, una pequeña ciudad salvadoreña fronteriza con Honduras, en una escuela rural de tres aulas, tres maestras y unos ochenta niños de entre seis y trece años. Algunos caminaban dos horas por la montaña, sin desayunar y habiendo dormido vestidos para no perder tiempo. Esa primera imagen condicionó, para bien, todo lo que vino después. Cualquier propuesta que se me ocurriera tenía que sostenerse en ese contexto y no en el mío.
Ocotepeque: un espacio de biblioteca muy usado y poco dotado
Pasé dos semanas en la Escuela Normal Mixta Bilingüe, en Ocotepeque (Honduras). Allí la enseñanza se organiza de otro modo: primaria hasta sexto grado; de séptimo a noveno lo que aquí sería secundaria; y de décimo a duodécimo un bachillerato de magisterio que permite titularse como maestro de primaria a los dieciocho años.
La biblioteca del centro me pareció escasa y desactualizada, con apenas colección de novela y muy pocos libros pensados para primaria. Y, sin embargo, era muy visitada: está en una zona de paso, abre prácticamente todo el horario escolar y recibe visitas constantes. La mantiene una maestra sin formación específica en biblioteconomía que con muy pocos recursos hace lo que puede.
Dediqué los primeros días a observar antes de proponer nada. Después vinieron las lecturas dialógicas con los primeros cursos, a partir de leyendas tradicionales de la zona, y algunas sesiones improvisadas en las que eran los propios niños quienes contaban, a su manera, los cuentos que conocían; probablemente las mejores. Con los grupos de bachillerato mantuvimos varios “conversatorios” sobre la transmisión de la lectura y sobre los usos de la inteligencia artificial en la escuela, primero desde su posición de estudiantes y después desde la de futuros docentes. También pude participar en el club de lectura del centro, que reúne cada quince días a unas quince personas.
Las conversaciones con la psicóloga, con el profesorado y con el equipo directivo añadieron el trasfondo: se encuentran en un proceso de cambio de gobierno neoliberal y están muy preocupados por los nuevos recortes que se avecinan. Mientras tanto, las familias que se lo pueden permitir escolarizan a sus hijos en centros privados, y una parte del alumnado abandona los estudios a los 14 años, cuando termina la enseñanza obligatoria.
Al terminar dejé en el centro un informe razonado sobre el estado de la biblioteca y sobre las mejoras posibles con recursos mínimos -aunque imposible a coste cero-, junto con un listado de propuestas de dinamización, un guía de cómo desarrollar un plan anual y una hoja de control de préstamos. El informe insiste en dos cosas: la necesidad de un fondo actualizado junto a la formación de la persona responsable.
Santa Rosa de Copán: La biblioteca móvil
La segunda parada fue la biblioteca de la sede de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán en Santa Rosa de Copán. Esta biblioteca depende en su totalidad de la sede central en Tegucigalpa: el fondo se decide y se envía desde la capital, no hay sistema de gestión bibliotecaria y el préstamo se lleva a mano. Su trabajo de extensión, en cambio, es excelente.
Con un bibliobús y un fondo infantil propio atienden a escuelas rurales de comunidades indígenas de la zona, y la bibliotecaria forma como becarios a estudiantes durante los cuatro años de carrera para integrarlos en el equipo itinerante.
Mi papel aquí fue más modesto: acompañarlos en varias salidas, hacer alguna actividad y observar. Me pareció un trabajo doblemente valioso, porque esos futuros profesores salen de la universidad con un componente formativo que no consta en su título pero que se llevan impreso para replicarlos a sus futuros alumnos. También di, a petición de su profesorado, charlas sobre la inteligencia artificial y su uso responsable y ético.
El viaje se cerró en Esquipulas (Guatemala), en el III Seminario Internacional: Educación para la Ciudadanía Global y la Conciencia Ambiental en Centroamérica, donde presenté una comunicación sobre una experiencia de alfabetización informacional muy fructífera que desarrollé junto a su profesorado en una escuela de primaria hace unos años.
Lo que me traigo
A pesar de la distancia y de las diferencias con nuestras bibliotecas escolares, tenemos preocupaciones comunes. La primera es la inteligencia artificial, una inquietud latente en el profesorado que casi siempre viene acompañada de cierto reparo a abordarla de frente con el alumnado. Allí sostuve lo mismo que sostengo aquí: el uso ya es real, así que lo único razonable es entender cómo funcionan estas herramientas y de esta forma decidir para qué sirven y para qué no. Prohibirlas no es educar, explicarlas, sí.
La segunda preocupación tardé menos en verla porque es nuestro talón de Aquiles. En todos los sitios donde estuve, la biblioteca escolar funcionaba en la medida en que había alguien sosteniéndola. Con fondos escasos, sin sistema de gestión y con espacios prestados, lo que realmente marcaba la diferencia era una persona con tiempo y ganas. Es exactamente lo que defendemos aquí cada vez que se recorta la dedicación horaria de una bibliotecaria escolar, y allí lo vi sin adornos: casi sin colección, pero con personal a tiempo completo, la biblioteca es más real.
He vuelto con una lista de cosas que allí hacen con casi nada y que aquí, con bastante más, no siempre hacemos: abrir la biblioteca todas las horas del día, salir a buscar a quien no viene o no puede, convertir a los estudiantes en mediadores de lectura antes incluso de que sean maestros. Ninguna de esas decisiones cuesta dinero: cuesta convicción.
Fotos de la experiencia en Flickr
Autora: María Díaz Tebar
Desde diciembre de 2021 trabaja en la Biblioteca de la Universitat Politècnica de València, en el área de Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación (CRAI).Las temáticas abordadas en su trabajo incluyen: la organización de bibliotecas escolares, el fomento lector, la alfabetización información y digital crítica, las identidades digitales, el uso instrumental de los dispositivos digitales y la gestión de sistemas bibliotecarios, entre otras.



